La delincuencia también se combate construyendo comunidad

La delincuencia también se combate construyendo comunidad
Carla Alegría Vásquez, cientista política linarense.

"La seguridad no consiste solamente en reaccionar cuando el delito ya ocurrió. También implica crear las condiciones para que ocurra menos. En Chile necesitamos discutir cuántas cárceles tenemos, cuáles son sus niveles de reinserción y qué resultados están obteniendo los programas públicos. En el Maule debemos preguntarnos cuántas oportunidades reales existen para quienes buscan reconstruir sus vidas, cuál es el rol de las instituciones como SENCE y cómo fortalecemos el tejido social de nuestros barrios y comunidades". comenta la cientista político, Carla Alegría Vásquez


Por Carla Alegría Vásquez (cientista político)

                                    Cada vez que ocurre un delito de alto impacto, la discusión pública parece dirigirse siempre hacia el mismo lugar: más cámaras, más guardias, más cárceles, más policías. Son medidas que tienen un espacio legítimo dentro de cualquier estrategia de seguridad, pero cabe preguntarse si son suficientes para enfrentar un fenómeno tan complejo como la delincuencia.

Porque antes de preguntarnos cómo combatirla, quizás deberíamos preguntarnos qué es realmente la delincuencia.

No se trata únicamente de personas que infringen la ley. Cuando observamos con atención los territorios más golpeados por el narcotráfico y la violencia, descubrimos algo más profundo: comunidades debilitadas, vínculos sociales fracturados, desconfianza entre vecinos y una creciente sensación de que cada persona debe arreglárselas sola.

Hace algunos años tuve la oportunidad de visitar Medellín, una ciudad que durante décadas fue sinónimo de violencia y narcotráfico. Mientras recorría algunos de los sectores que antes fueron considerados verdaderos guetos urbanos, un pastor local me relató cómo la ciudad logró disminuir significativamente sus tasas de homicidio.

La respuesta no estaba solamente en la acción policial. Había una apuesta mucho más ambiciosa: conectar a las personas. Construir espacios públicos dignos. Llevar transporte a sectores aislados. Generar acceso a la cultura, la educación y el encuentro. Hacer que quienes vivían en las zonas más vulnerables sintieran que formaban parte de la ciudad y no que estaban condenados a permanecer al margen de ella.

No todas las políticas públicas pueden replicarse exactamente en otros lugares. Cada territorio tiene su propia historia. Sin embargo, sí podemos observar los factores que explican sus resultados.

Y uno de esos factores es la vida comunitaria.

Mientras el narcotráfico instala sus propias reglas y formas de gobernabilidad, funcionando muchas veces como un pequeño Estado paralelo, la respuesta más poderosa suele surgir desde las comunidades organizadas. Allí donde existen vecinos que se conocen, organizaciones activas, actividades culturales, deportivas y espacios de encuentro, resulta mucho más difícil que prospere la lógica del miedo y el control territorial.

Por eso preocupa observar cómo las nuevas generaciones crecen cada vez más desconectadas entre sí. Conocen más personas a través de una pantalla que en su propio barrio. Participan menos en organizaciones comunitarias. Muchas veces ni siquiera saben quién vive al otro lado de la reja.

La desconexión genera competencia permanente. La conexión genera pertenencia.

Algunos dirán que hablar de amor, comunidad o resiliencia es una mirada ingenua frente a la delincuencia. Sin embargo, los datos internacionales muestran que los territorios con mayor cohesión social presentan mejores resultados en prevención del delito que aquellos donde predomina el aislamiento y la fragmentación.

La seguridad no consiste solamente en reaccionar cuando el delito ya ocurrió. También implica crear las condiciones para que ocurra menos.

En Chile necesitamos discutir cuántas cárceles tenemos, cuáles son sus niveles de reinserción y qué resultados están obteniendo los programas públicos. En el Maule debemos preguntarnos cuántas oportunidades reales existen para quienes buscan reconstruir sus vidas, cuál es el rol de instituciones como SENCE y cómo fortalecemos el tejido social de nuestros barrios y comunidades.

Porque la delincuencia no nace de la nada. Se instala donde encuentra espacios vacíos.

Y esos vacíos no se llenan únicamente con vigilancia. También se llenan con cultura, deporte, participación, sentido de pertenencia y vínculos humanos.

Quizás la gran lección es que una sociedad segura no es aquella donde todos viven detrás de rejas, sino aquella donde las personas sienten que forman parte de algo más grande que ellas mismas.

La delincuencia se combate con seguridad. Pero también con comunidad.

(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).