Carla Alegría Vásquez: porque podría ser mujer

Carla Alegría Vásquez: porque podría ser mujer
Carla Alegría Vásquez, cientista política.

"Las mujeres pueden dirigir. Pueden gobernar. Pueden tomar decisiones. Y pueden—además— hacerlo ganando el mismo sueldo que los hombres en esos cargos. Nada de eso depende de su ropa, su peso, sus canas o su peinado. El problema nunca fue el cuerpo. El problema es que seguimos creyendo que tenemos derecho a opinar sobre él. No está confirmado, pero si la Delegación la toma una mujer, de seguro no será por como viste. Llegados a esta ERA, no debería importar mas que sus capacidades para el diálogo", comenta en su columna dominical, la cientista político Carla Alegría Vásquez.


Por Carla Alegría Vásquez (cientista política)

                 Y por eso los comentarios no se centran en sus capacidades, sino en cómo viste o en su corte de cabello. Me parece injusto. Injusto y, sobre todo, revelador. Porque no se trata de un caso aislado ni de una anécdota menor: es un patrón que se repite cada vez que una mujer ocupa un espacio público, de poder o de visibilidad.

Envejecemos. Todas las personas lo hacemos. Sin embargo, en las mujeres el paso del tiempo se vuelve sospechoso, opinable, casi un permiso abierto para el escrutinio. Que si la diputada anda con una polera más corta. Que si la concejala subió de peso. Que si la alcaldesa no se tiñe las canas. Que si la profesora viste ropa ajustada. Que si la vendedora tiene mucho escote. Que si la amiga tiene celulitis. Que si la vecina está pálida porque no se maquilla.

El cuerpo femenino nunca parece estar en pausa: siempre está siendo evaluado.

La industria de la belleza crece sin descanso, y para muchas mujeres representa una forma legítima de autocuidado, de reparación de la autoestima, incluso de disfrute personal. Hay trabajo, dedicación y oficio en quienes cuidan la piel, el cabello, las manos. No se trata de demonizar eso. La pregunta es otra, más incómoda: ¿en qué punto el cuidado se transforma en exigencia? ¿Cuándo la elección deja de ser libre y pasa a ser mandato?

Botox, uñas acrílicas, tinturas, alisados, extensiones, permanentes. Capas y más capas para responder a una expectativa que rara vez fue construida por nosotras mismas. Y aun así, nunca es suficiente.

Katy Kowaleczko señaló no estar a favor de las operaciones. Kim Kardashian comenta lo complejo que resulta prepararse durante horas para un evento. Kate Winslet, ha señalado con claridad que quiere envejecer en pantalla, mostrar el paso del tiempo y ayudar a que otras mujeres se pregunten por qué hacen lo que hacen para sentirse bien consigo mismas.

Posturas distintas, válidas, pero atravesadas por la misma presión: el cuerpo como escenario permanente.

Frases como “me lo merezco” muchas veces vienen cargadas de culpa previa. Como si existir tal cual somos no bastara. Como si el comentario en la calle, la talla “en broma”, la opinión no solicitada sobre cómo vamos vestidas fueran inevitables. Como si ese lorito interno que juzga no pudiera callarse nunca.

¿Somos un producto de mercado o valemos más que cómo vestimos?

¿Es tan difícil dejar de opinar sobre el cuerpo ajeno?

¿De verdad no se puede pensar antes de hablar?

A propósito de los “chistes” que he tenido que escuchar estos días sobre el cabello de una posible delegada regional, vale decirlo con claridad: no somos pocas las mujeres que, sin importar la clase social ni la tendencia política, vamos a salir siempre a la defensa del respeto y la dignidad. Y sí, especialmente cuando los comentarios vienen envueltos en humor y condescendencia.

Las mujeres pueden dirigir. Pueden gobernar. Pueden tomar decisiones. Y pueden —además— hacerlo ganando el mismo sueldo que los hombres en esos cargos. Nada de eso depende de su ropa, su peso, sus canas o su peinado.

El problema nunca fue el cuerpo.

El problema es que seguimos creyendo que tenemos derecho a opinar sobre él.

No está confirmado, pero si la Delegación la toma una mujer, de seguro no será por como viste. Llegados a esta ERA, no debería importar mas que sus capacidades para el diálogo.

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