El fascismo no se discute: se combate
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Johannes Kaiser, diputado ultraderechista y ahora candidato presidencial, ha dicho sin rubor que apoyaría un nuevo golpe de Estado en Chile si "las condiciones lo ameritan".
Lo dice en televisión nacional, con cara de patriota y voz de ultratumba, como si se tratara de un debate legítimo y no de una amenaza directa contra el pueblo trabajador. Ante semejante barbaridad, la izquierda institucional balbucea indignación democrática, mientras el progresismo liberal se horroriza como quien ve una cucaracha en la cocina, pero sin intención real de aplastarla.
Lo que encarna Kaiser no es un desvarío individual ni un exabrupto anacrónico: es la expresión orgánica de la reacción burguesa cuando su hegemonía vacila. En palabras de Marx, "la violencia es la partera de toda sociedad antigua preñada de una nueva", pero si la clase trabajadora no se organiza para alumbrar el futuro, la burguesía no dudará en parir el fascismo para conservar el pasado.
La nostalgia por Pinochet que destila Kaiser, hermano de otro vendedor de humo libertariano, no es anecdótica: es un síntoma del agotamiento del régimen neoliberal nacido bajo dictadura. Ese modelo, aunque maquillado por treinta años de concertacionismo y consensos con olor a pólvora, ya no logra contener las contradicciones de clase. Por eso, la oligarquía chilena coquetea de nuevo con las botas, los tanques y el toque de queda. El capital no tiene patria, pero sí tiene memoria: cuando peligra su tasa de ganancia, recuerda que el fascismo es su última línea de defensa.
Lo que resulta más patético que peligroso es ver a Kaiser jugar al golpista en un país que vivió el verdadero terror. Sus declaraciones son un acto de clase: una advertencia del capital a la clase trabajadora y a cualquier intento de transformación real. Y sin embargo, ningún poder de este mundo logra evitar que la historia retorne, no como copia ni parodia, sino como confrontación inevitable.
Como marxistas, no debemos rogar por "más democracia" dentro de los marcos del Estado burgués. Lo que hace falta no es "condenar" al fascismo, sino organizar políticamente a la clase trabajadora para derrotarlo antes de que actúe. La burguesía no teme a las palabras: teme al pueblo organizado y consciente, teme a las mayorías activas y a ellas es que tenemos que conquistar.
Johannes Kaiser no es un loco. Es un síntoma. Y si la clase trabajadora no toma conciencia de su fuerza histórica, lo que hoy es amenaza mañana será realidad.
(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).
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