Seguridad pública y responsabilidad municipal: gobernar desde el territorio para prevenir el delito
“Delincuente capturado será ajusticiado”, así reza un cartel en un conocido barrio residencial de nuestra comuna. Seguramente sus vecinos hastiados de actos delictuales y con el sentimiento de orfandad por parte del Estado ante el flagelo delictivo, deciden tomar la justicia en sus manos. “La prevención del delito comienza con el entorno. Calles bien iluminadas, espacios públicos recuperados, áreas verdes cuidadas y barrios integrados no son solo mejoras urbanas: son decisiones políticas que inciden directamente en la seguridad. Invertir en ciudad también es invertir en prevención”, plantea el concejal linarense y trabajador social, Lenin Fuentes Barros
Por Lenin Fuentes Barros (trabajador social y concejal por la Municipalidad de Linares)
No hay duda, la seguridad pública se ha instalado con fuerza como una de las principales demandas de la ciudadanía en Chile. No es una preocupación abstracta: se vive en los barrios, en las plazas, en el comercio local y en la vida cotidiana de nuestras comunidades. Frente a este desafío, es necesario avanzar en una mirada más integral, donde el rol de los municipios deje de ser secundario y pase a ocupar el lugar estratégico que le corresponde.
Durante años, el debate se ha concentrado casi exclusivamente en la acción policial y en el sistema penal. Sin embargo, la evidencia es clara: no hay política de seguridad efectiva sin prevención, y no hay prevención eficaz sin protagonismo de los gobiernos locales. El municipio, por su cercanía con la comunidad, no solo conoce mejor el territorio, sino que también tiene la capacidad de intervenir de manera oportuna y pertinente.
En comunas como Linares, esta realidad es aún más evidente. Cada barrio tiene sus propias dinámicas, sus propios desafíos y también sus propias fortalezas. Por eso, la seguridad no puede abordarse con recetas uniformes. Se requiere una gestión municipal activa, que escuche, que planifique y que actúe con decisión. Esto implica un cambio radical en la visión de la actual administración municipal, que ha privilegiado acciones efectistas, por sobre medidas reales y concretas que vayan directo a la prevención del delito. Una prueba de lo que decimos son claramente las cifras de delitos en aumento y el abandono de barrios y poblaciones en donde todos sabemos lo que ocurre y, sin embargo, la autoridad local decide mirar para el lado.
La prevención del delito comienza con el entorno. Calles bien iluminadas, espacios públicos recuperados, áreas verdes cuidadas y barrios integrados no son solo mejoras urbanas: son decisiones políticas que inciden directamente en la seguridad. Invertir en ciudad también es invertir en prevención.

Pero la seguridad no es solo infraestructura. Es, sobre todo, comunidad. Allí donde existe organización social, donde hay juntas de vecinos activas, donde se promueve la cultura, el deporte y la participación, el delito encuentra menos espacio para instalarse. Fortalecer el tejido social no es un complemento: es una estrategia central de seguridad pública.
Asimismo, resulta fundamental poner el foco en la prevención temprana. Niños, niñas y jóvenes requieren oportunidades reales de desarrollo. Programas municipales en educación, deporte, cultura y empleo juvenil no solo mejoran la calidad de vida, sino que también abren caminos distintos a la exclusión y la violencia.
Ahora bien, asumir este rol implica también reconocer las limitaciones que enfrentan los municipios. No basta con exigir responsabilidades si no se entregan herramientas. Es necesario avanzar hacia una descentralización efectiva, con más recursos, más atribuciones y mayor capacidad de gestión para los gobiernos locales.
La seguridad es una tarea compartida. Requiere coordinación con policías, fiscalía y servicios públicos, pero también exige liderazgo político desde el territorio. Un liderazgo que no espere que los problemas lleguen, sino que se anticipe a ellos. Nuestra realidad, claramente esta distante de este tipo de gestión, que aun conociendo lo que se vive o como se vive en la comuna no asume el rol que se esperaría de una autoridad de verdad comprometida con su comunidad.
Hoy más que nunca, debemos entender que la seguridad no se construye solo reaccionando frente al delito, sino generando condiciones para que este no ocurra. Y en ese desafío, los municipios están llamados a ser protagonistas.
Porque cuando el Estado se acerca a las personas, cuando el municipio se hace presente en la vida cotidiana, cuando la comunidad se organiza y participa, entonces la seguridad deja de ser una promesa y comienza a convertirse en una realidad y no nos vemos en la obligación de advertir a los delincuentes que los ajusticiaremos o seremos los ciudadanos los que “cobraremos justicia a nuestro precio”, sino las instituciones del Estado llamadas a esta función cumplirán el rol que les corresponde.
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