El patriotismo en tiempos de bots

El patriotismo en tiempos de bots
César Concha Gatica, abogado linarense y ex SEREMI de Bienes Nacionales de la Región del Maule.

"Este septiembre volveremos a ver banderas en las casas y a reunirnos en torno a nuestras tradiciones. Y está bien que así sea. Pero el patriotismo no puede quedarse únicamente en los símbolos. Amar a Chile también es cuidar nuestra convivencia. Es respetar a quien piensa distinto, rechazar la mentira incluso cuando beneficia a nuestro sector y defender el derecho de cada persona a decidir libremente. Es entender que detrás de cada voto hay una historia, una familia y una esperanza que merecen ser respetadas. Una granja de bots puede utilizar cientos o miles de cuentas falsas para repetir un mensaje, atacar a una persona o hacer creer que una opinión tiene un respaldo ciudadano que en realidad no existe. También puede transformar una mentira en tendencia solo porque fue publicada muchas veces. Eso no es libertad de expresión. La libertad de expresión pertenece a las personas, con sus nombres, experiencias, aciertos y errores. Una maquinaria creada para engañar no expresa una convicción: simula una multitud", plantea en columna de opinión para el Diario Digital Séptima Página Noticias, el abogado linarense y ex SEREMI de Bienes Nacionales del Maule, César Concha Gatica


Por César Concha Gatica (abogado linarense y ex SEREMI de Bienes Nacionales de la Región del Maule)

             Durante los años en que fui SEREMI de Bienes Nacionales del Gobierno del Presidente Gabriel Boric, me correspondió asistir a muchas actividades de Fiestas Patrias en distintas comunas de nuestra región.

Algunas eran ceremonias oficiales; otras, encuentros sencillos organizados por municipios, juntas de vecinos o comunidades rurales. En todas pude observar algo parecido: familias completas reuniéndose, adultos mayores emocionados al escuchar una cueca, niños participando en juegos tradicionales y vecinos que habían trabajado durante semanas para preparar una celebración.

Ahí uno entiende que septiembre no es solamente una fecha en el calendario. Las personas celebran con sentimiento y con una esperanza que muchas veces no se expresa en los discursos: la esperanza de vivir en un país mejor, más unido y con mayores oportunidades para sus hijos.

Por eso me preocupa lo que está ocurriendo en nuestras democracias y, especialmente, en las redes sociales.

El caso del consultor político argentino Fernando Cerimedo volvió a instalar la discusión sobre las llamadas “granjas de bots”. En Bolivia se encontraron equipos que las autoridades relacionaron con una posible operación de cuentas automatizadas, aunque su defensa ha dado una explicación diferente. Será la justicia la que deberá aclarar los hechos y establecer si existen responsabilidades.

Pero, más allá de lo que finalmente determine esa investigación, la pregunta ya quedó sobre la mesa: ¿cuánto de lo que vemos diariamente en las redes sociales corresponde a personas reales y cuánto ha sido fabricado para influir en nosotros?

Una granja de bots puede utilizar cientos o miles de cuentas falsas para repetir un mensaje, atacar a una persona o hacer creer que una opinión tiene un respaldo ciudadano que en realidad no existe. También puede transformar una mentira en tendencia solo porque fue publicada muchas veces.

Eso no es libertad de expresión. La libertad de expresión pertenece a las personas, con sus nombres, experiencias, aciertos y errores. Una maquinaria creada para engañar no expresa una convicción: simula una multitud.

La situación es especialmente grave durante una elección. Cada ciudadano tiene derecho a formarse una opinión y votar por quien estime conveniente. Pero esa decisión debería surgir de una conversación democrática real, no de información falsa difundida deliberadamente ni de campañas diseñadas para provocar miedo, rabia o desconfianza.

También debemos reconocer algo incómodo: el problema no siempre está lejos de nosotros. Muchas veces colaboramos con la desinformación sin darnos cuenta. Vemos un titular que confirma lo que ya pensábamos y lo compartimos sin leer la noticia. Recibimos un video por WhatsApp, desconocemos su fecha y su origen, pero igualmente lo reenviamos. Incluso podemos terminar difundiendo una acusación muy grave solamente porque coincide con nuestra posición política.

A mí también me ha pasado detenerme ante una publicación que parece cierta y descubrir, después de revisarla, que estaba incompleta o fuera de contexto. Nadie está completamente libre de equivocarse. La diferencia está en la disposición que tengamos para verificar, corregir y no seguir difundiendo aquello que sabemos que es falso.

No creo que la solución sea que una autoridad decida qué podemos decir o pensar. Eso sería peligroso para la democracia. Lo que necesitamos es mayor transparencia en las campañas digitales, conocer quién paga la publicidad política, exigir responsabilidad a las plataformas y fortalecer el periodismo serio. Pero también necesitamos asumir nuestra propia responsabilidad como ciudadanos.

Antes de compartir, podemos detenernos un momento. Revisar quién publica, buscar otra fuente y preguntarnos si estamos frente a información comprobada o simplemente ante un mensaje diseñado para indignarnos.

Este septiembre volveremos a ver banderas en las casas y a reunirnos en torno a nuestras tradiciones. Y está bien que así sea. Pero el patriotismo no puede quedarse únicamente en los símbolos.

Amar a Chile también es cuidar nuestra convivencia. Es respetar a quien piensa distinto, rechazar la mentira incluso cuando beneficia a nuestro sector y defender el derecho de cada persona a decidir libremente. Es entender que detrás de cada voto hay una historia, una familia y una esperanza que merecen ser respetadas.

Eso fue precisamente lo que vi en aquellas celebraciones de Fiestas Patrias a las que asistí como SEREMI: personas reales, con problemas reales, pero también con un cariño profundo por nuestro país y con la esperanza de que Chile pueda estar mejor.

Esa esperanza no puede quedar en manos de cuentas falsas, algoritmos o maquinarias de manipulación. Nos pertenece a nosotros, a los ciudadanos. Y protegerla también es una forma de patriotismo.