Carla Alegría Vásquez: cómo te pierdes en el poder
"Tanto la izquierda como la derecha prometen eficiencia, modernización o una nueva forma de hacer las cosas en campaña, pero, una vez dentro, descubren que innovar es mucho más complejo de lo que parecía desde afuera. Hay leyes. Hay reglamentos. Hay presupuestos. Hay funcionarios. Hay procesos administrativos. Hay organismos que dependen de otros organismos. Hay controles. Hay intereses. Hay tiempos políticos y tiempos institucionales que rara vez coinciden. Y mientras tanto, la ciudadanía espera. Es ahí donde el poder comienza a ser peligroso. Porque uno puede llegar convencido de que viene a cambiar las cosas y terminar dedicando gran parte de su energía a sobrevivir dentro del sistema. En muchos de los discursos del Ministro Quiroz se menciona: 'Si no logramos de esta forma, lo haremos de otra, pero se conseguirá', en esta lógica de pensar al Estado como una traba y no como un apoyo. Pero el vicio está en llegar queriendo transformar una institución y terminar defendiéndola sin lograr destrabar nada. Porque puede entrar criticando las prácticas de quienes estuvieron antes y, unos años después, descubrir que está utilizando algunas de las mismas herramientas que cuestionaba", opina la cientista político
Por Carla Alegría Vásquez (cientista política)
Admiro a quienes quieren estar.
No necesariamente porque comparta sus ideas ni porque piense que todos han hecho una buena gestión. Los admiro porque entrar a la política, ocupar un cargo público o asumir una posición de poder implica entrar a un espacio donde la competencia es intensa, los egos pesan y el compañerismo muchas veces queda subordinado a las alianzas, los intereses y los proyectos personales.
Y hay algo que desde afuera cuesta dimensionar: muchas veces esos proyectos personales se construyen utilizando recursos que no son propios. Son los recursos del Estado. Dinero público, instituciones públicas y decisiones que terminan afectando la vida de personas que, probablemente, nunca conocerán las conversaciones que estuvieron detrás de ellas.
El caso de Natalia Ducó —y la discusión que ha vuelto a instalarse en torno a su figura—me parece interesante precisamente por eso. En lo personal, no me gustó su gestión. Pero tampoco me interesa sumarme a la lógica de destruir. Porque probablemente hoy los focos están puestos justamente ahí: en encontrar el error, amplificarlo y convertirlo en una explicación. Prefiero que miremos algo distinto: ¿qué ocurre con las personas cuando llegan al poder y se desconectan de la promesa?
Ducó, como deportista, siempre tuvo una presencia comunicacional importante. Su entrenador, sus competencias, sus resultados e incluso las controversias que acompañaron parte de su trayectoria construyeron una relación permanente con los focos. Como Ministra, esa exposición no desapareció.
Pero una cosa es estar acostumbrada a las cámaras y otra muy distinta es comprender cómo funciona el poder político y evaluar comunicacionalmente su apuesta política. Eso…nunca ocurrió en su cartera.
Si la dejaron o no, esa es harina de otro costal. No sabemos si en el futuro existirá una entrevista a lo Mara Sedini. Pero lo que tenemos hoy es que la política se entiende desde su funcionamiento, pero también desde sus intenciones.
La política no funciona exclusivamente bajo la lógica de las capacidades técnicas. Funciona con relaciones. Y quien llega a un puesto por confianza tiene que lidiar con ambas realidades.
Estas conversaciones no aparecen en una entrevista. Estos acuerdos no se anuncian. Son personas que llevan años construyendo confianza. Son dirigentes que conocen territorios que el funcionario recién comienza a recorrer.
Se lidia con egos y con historias personales. Con lealtades. Con rivalidades. Con favores políticos que nunca se escriben. Con alianzas que pueden resultar incómodas, pero que son necesarias para avanzar. Y eso, en general, la ciudadanía no lo ve. En conversaciones cotidianas es posible comprobarlo. Existe un desconocimiento importante sobre cómo funciona realmente el mundo político. Sabemos quién gobierna, quién vota, pero ¿sabemos por qué vota como vota? Sabemos quién aparece en televisión, quién publica en redes sociales, pero no siempre son ellos quienes realmente tienen el poder.
Sabemos muy poco sobre las complejidades internas que explican por qué una decisión demora meses, por qué un proyecto no avanza o por qué alguien que parecía tener todas las condiciones para transformar una institución termina atrapado en ella.
Porque ahí aparece otro problema: el Estado es un gigante difícil de destrabar. O, como ha resultado tan repetitivo y se ha colado en nuestra cultura: “otra cosa es con guitarra”.
Tanto la izquierda como la derecha prometen eficiencia, modernización o una nueva forma de hacer las cosas en campaña, pero, una vez dentro, descubren que innovar es mucho más complejo de lo que parecía desde afuera.
Hay leyes. Hay reglamentos. Hay presupuestos. Hay funcionarios. Hay procesos administrativos. Hay organismos que dependen de otros organismos. Hay controles. Hay intereses. Hay tiempos políticos y tiempos institucionales que rara vez coinciden. Y mientras tanto, la ciudadanía espera.
Es ahí donde el poder comienza a ser peligroso. Porque uno puede llegar convencido de que viene a cambiar las cosas y terminar dedicando gran parte de su energía a sobrevivir dentro del sistema.
En muchos de los discursos del Ministro Quiroz se menciona: “Si no logramos de esta forma, lo haremos de otra, pero se conseguirá”, en esta lógica de pensar al Estado como una traba y no como un apoyo. Pero el vicio está en llegar queriendo transformar una institución y terminar defendiéndola sin lograr destrabar nada. Porque puede entrar criticando las prácticas de quienes estuvieron antes y, unos años después, descubrir que está utilizando algunas de las mismas herramientas que cuestionaba.
Eso es, quizás, perderse en el poder.
El Gobierno actual también está enfrentando esa tensión. Ha apostado por variaciones intensas en distintas áreas, generando incertidumbre en algunos sectores, pero también resulta interesante observar cómo ha conseguido construir alianzas significativas alrededor de asuntos como la seguridad y la generación de empleo.
La política tiene esa contradicción permanente: aquello que desde afuera parece incoherente puede ser, desde dentro, una negociación necesaria para conseguir avanzar.
Por eso creo que necesitamos mirar la política con un poco más de profundidad y un poco menos de espectáculo.
Les propongo incluso dos producciones actuales para hacerlo: El guardaespaldas, de Netflix, y La diplomática. En muchos de sus diálogos aparece justamente esa tensión entre la promesa y la realidad; entre lo que se dice públicamente y lo que realmente se negociadetrás de una decisión. Porque gobernar es, muchas veces, convivir con aquello que no se puede contar.
Y quizás ese sea uno de los grandes problemas de nuestra democracia: la ciudadanía vota por promesas, pero quienes llegan al poder descubren rápidamente que gobernar consiste, en buena parte, en negociar con la realidad.
Para bien o para mal, hoy estamos bailando al ritmo de *N Sync, con interesantes toques de Misión Imposible. La pregunta es si quienes tienen el poder recuerdan, mientras bailan, para quién era la música.
(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).