La columna de opinión de César Concha Gatica: Pasos de Gigante
"La de Camilo tuvo que hacerlo para enfrentar una dictadura, recuperar la democracia, reconstruir el socialismo y volver a hacer posible la política después de años en que pensar distinto podía costar la libertad o la vida. A nosotros nos corresponde descubrir cuáles son los pasos de gigante que exige nuestro propio tiempo. Porque recibir un legado no significa repetir las respuestas del pasado. Significa conservar las convicciones, aprender de los aciertos y también de los errores de quienes estuvieron antes, y tener el coraje de escribir la página siguiente. Algún día nosotros también seremos la generación que estuvo antes. Y cuando llegue ese momento, probablemente no importará cuántos cargos ocupamos ni cuántos discursos pronunciamos. Importará qué fuimos capaces de construir para quienes vinieron después. Hasta siempre, compañero Camilo", comenta el abogado linarense
Por César Concha Gatica (abogado y ex SEREMI de Bienes Nacionales de la Región del Maule)
La muerte de un compañero siempre obliga a detenerse. Pero cuando parte alguien cuya vida estuvo profundamente entrelazada con la historia política de Chile, junto con la tristeza aparece inevitablemente una pregunta: ¿qué hacemos quienes venimos después con el camino que otros ayudaron a construir?
La partida del compañero Camilo Escalona nos deja esa reflexión.
Su importancia política no puede medirse simplemente por los cargos que ocupó. Hay que buscarla en los momentos históricos en que le correspondió actuar y en las decisiones que su generación debió tomar.
Camilo fue parte de una generación socialista que conoció la experiencia de la Unidad Popular, sufrió el golpe de Estado, el exilio y la clandestinidad, enfrentó la dictadura y posteriormente debió asumir una tarea completamente distinta: recuperar y reconstruir la democracia.
Aquello significó también reconstruir al socialismo chileno.
Después de años de persecución, divisiones y profundas diferencias sobre el camino que debía seguir la izquierda, su generación contribuyó a reencontrar distintas vertientes del socialismo y a convertir nuevamente al Partido Socialista en una fuerza capaz de construir mayorías e incidir en las transformaciones del país.
Pero hay otra dimensión de Camilo que quienes hemos hecho vida partidaria conocimos directamente.
Era de esos compañeros que mantenían un contacto permanente con la militancia. Viajaba a regiones, conversaba, escuchaba y parecía preocuparse especialmente de que cada palabra y cada intervención política o partidaria llevara consigo un mensaje.
Quienes pertenecemos a una generación posterior lo escuchamos muchas veces. Y también muchas veces lo criticamos.
Quizás porque es propio de la juventud política querer avanzar más rápido, impacientarse con los tiempos y pensar que las transformaciones pueden construirse de una manera distinta a como lo hicieron quienes estuvieron antes.
Pero con el paso del tiempo uno comienza a comprender mejor algunas de esas palabras.
En sus intervenciones había una preocupación que se repetía: cuidar la democracia y sus equilibrios, defender la justicia y no guardar silencio frente a la intolerancia ni frente a los abusos del poder.
No era simplemente prudencia política. Era también la experiencia de una generación que había aprendido, de la manera más dolorosa posible, lo que ocurre cuando una sociedad pierde la capacidad de convivir con sus diferencias y cuando el poder deja de reconocer límites.
Camilo fue un hombre de convicciones fuertes. Muchas veces polémico y muchas veces discutido, incluso entre nosotros. Pero entendió algo fundamental: tener convicciones no impide construir acuerdos.
Porque la política adquiere verdadero sentido cuando nuestras ideas son capaces de transformarse en cambios concretos en la vida de las personas.
Quizás por eso, al momento de su partida, su figura ha recibido reconocimiento más allá de las fronteras de nuestro propio partido. Se puede haber discrepado de él, incluso profundamente, y al mismo tiempo reconocer a un dirigente que hizo de la política, la democracia y el servicio público una tarea de toda una vida.
Y ahí comienza nuestra responsabilidad.
Sería demasiado fácil despedir a dirigentes como Camilo hablando solamente de lo que hicieron.
Los homenajes sirven para recordar. Los legados, en cambio, sirven para continuar.
Nuestra generación recibió un Chile distinto del que recibió la suya. No vivimos la clandestinidad ni tuvimos que recuperar una democracia perdida. Pero eso no significa que nuestras responsabilidades sean menores.
Tenemos las nuestras.
Nos corresponde enfrentar la inseguridad que viven nuestros barrios, disminuir las desigualdades, recuperar la confianza de las personas en la política, generar oportunidades para nuestros jóvenes y defender la democracia frente a nuevas formas de intolerancia y abuso.
Y quienes vivimos en regiones conocemos además otra desigualdad que Chile todavía no logra superar: aquella que determina que demasiadas oportunidades, recursos y decisiones continúen concentrándose lejos de nuestros territorios.
No necesitamos repetir las respuestas de quienes nos antecedieron.
Necesitamos recuperar algo más profundo: su voluntad de hacerse cargo de su tiempo.
Quizás esa sea también una de las enseñanzas que deja Camilo a quienes alguna vez escuchamos sus intervenciones con la impaciencia propia de una generación que quería avanzar más rápido. Transformar una sociedad y cuidar su democracia no son objetivos contrapuestos. Las transformaciones que perduran necesitan convicciones, pero también diálogo, mayorías y respeto por quienes piensan distinto.
Hay generaciones a las que la historia obliga a caminar con pasos de gigante.
La de Camilo tuvo que hacerlo para enfrentar una dictadura, recuperar la democracia, reconstruir el socialismo y volver a hacer posible la política después de años en que pensar distinto podía costar la libertad o la vida.
A nosotros nos corresponde descubrir cuáles son los pasos de gigante que exige nuestro propio tiempo.
Porque recibir un legado no significa repetir las respuestas del pasado. Significa conservar las convicciones, aprender de los aciertos y también de los errores de quienes estuvieron antes, y tener el coraje de escribir la página siguiente.
Algún día nosotros también seremos la generación que estuvo antes.
Y cuando llegue ese momento, probablemente no importará cuántos cargos ocupamos ni cuántos discursos pronunciamos.
Importará qué fuimos capaces de construir para quienes vinieron después.
Hasta siempre, compañero Camilo.
(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).