Carla Alegría Vásquez: chao ley incendios

Carla Alegría Vásquez: chao ley incendios

"Habitar un territorio no es solo ocuparlo ni invertir en él. Es reconocer que existen vínculos, memorias y formas de vida que no siempre caben en un proyecto ni en una planimetría. Es comprender que las decisiones sobre el espacio no son neutras y que, inevitablemente, benefician a algunos más que a otros. He escuchado personas de derecha y de izquierda con las que tengo profundas diferencia. Esto solo constata que a la fecha no me identifico ni con una ni con la otra. Y aquí aparece la sátira inevitable: la Ley de Incendios. Esa que entra en la discusión pública solo cuando el desastre ya ocurrió, cuando las pérdidas humanas y materiales son imposibles de ignorar. Una ley que se anuncia, se promete y se vuelve a archivar, como tantas otras demandas que estallaron con fuerza en 2019 y que siguen esperando respuesta. Porque en Chile pareciera que algunas urgencias solo importan cuando el fuego ya arrasó con todo", comenta la cientista política, Carla Alegría en su columna de los domingos en el Diario Digital Séptima Página Noticias.


Por Carla Alegría Vásquez (cientista política)

          Hace poco estuve en el Parque Cordillera Los Quemados. Un proyecto que no nace desde una lógica extractiva ni desde una estrategia de marketing verde, sino desde la organización y la resistencia. Un parque que existe porque hubo personas dispuestas a caminar, a cargar materiales por más de diez kilómetros desde el último punto al que llegan los vehículos. Hoy incluso hay un pequeño quiosco, no como negocio, sino como una manera de hacer sustentable en el tiempo este espacio común.

Es difícil no emocionarse al recordar sus inicios y constatar hasta dónde ha llegado. Y el Achibueno sigue ahí, protegido por un profundo sentido de pertenencia: este río es de nosotros.Hay que preguntarle a cualquier linarense y esa sera la respuesta.

Ir a la montaña tiene algo profundamente revelador. Es una forma concreta de desconectarse del ruido cotidiano y, al mismo tiempo, de volver a conectarse: con el cuerpo, con el territorio y con preguntas que rara vez nos hacemos cuando todo parece resolverse desde un escritorio. Sin embargo, hace unos días, mientras escuchaba el podcast de Diana Bolocco y Cristián Sánchez, tuve una revelación que, lejos de incomodarme, agradecí.

Escuchar posiciones distintas no castiga, no compite: nutre.

Comentaban —con total honestidad— que les cargaba caminar kilómetros para llegar sudados a un lugar y que no lograban comprender a quienes disfrutamos ese tipo de experiencias. Más que enojarme, el comentario me permitió constatar algo evidente: no todos habitamos el territorio de la misma manera, ni desde los mismos intereses, ni con las mismas motivaciones.

Esa diferencia de miradas no es menor cuando hablamos de territorio. No todos entendemos lo mismo por desarrollo, bienestar o progreso. Y esa tensión reaparece cada vez que se discute el uso de los espacios, de los recursos naturales y el sentido último de las inversiones en Chile.

Habitar un territorio no es solo ocuparlo ni invertir en él. Es reconocer que existen vínculos, memorias y formas de vida que no siempre caben en un proyecto ni en una planimetría. Es comprender que las decisiones sobre el espacio no son neutras y que, inevitablemente, benefician a algunos más que a otros. He escuchado personas de derecha y de izquierda con las que tengo profundas diferencia. Esto solo constata que a la fecha no me identifico ni con una ni con la otra.

Y aquí aparece la sátira inevitable: la Ley de Incendios. Esa que entra en la discusión pública solo cuando el desastre ya ocurrió, cuando las pérdidas humanas y materiales son imposibles de ignorar. Una ley que se anuncia, se promete y se vuelve a archivar, como tantas otras demandas que estallaron con fuerza en 2019 y que siguen esperando respuesta. Porque en Chile pareciera que algunas urgencias solo importan cuando el fuego ya arrasó con todo.

No deja de ser revelador que, cuando no se logra convocar a miles, quienes detentan el poder —local, provincial, regional o nacional— difícilmente enfocan sus esfuerzos en resolver esos problemas. En su lugar, abundan las promesas futuras, los anuncios reiterados y una sensación de desgaste que termina por frustrar.l, mientras se pelean escaños, poderes internos y negocios que la comunidad no nos enteramos.

Que la Ley de Incendios avance o no, parece depender menos de su urgencia real y más de cuántas personas participen activamente de una cultura de cuidado del territorio. De cuántos lo recorran, lo habiten, lo caminen. De lo contrario, seguirá primando la mirada de quienes, como Diana y Cristián, tienen otros intereses —válidos, aunque no necesariamente compartidos— y para quienes el vínculo con estos espacios simplemente no es prioritario.

A estas alturas, no estoy tan segura de que esta ley avance. Muchos ya le han dicho adiós y hasta la próxima emergencia.

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