La columna de opinión de Salvador Concha Aguilera: la deuda del 18 de Octubre se juega también en Linares

La columna de opinión de Salvador Concha Aguilera: la deuda del 18 de Octubre se juega también en Linares

"Linares vive esa distancia con particular fuerza. Somos una ciudad agrícola, con mucho trabajo temporal y poca esperanza de cambio. Los jóvenes se van o se quedan sin oportunidades, y las mujeres cargan con más trabajo y menos puertas abiertas. Todo parece girar en torno al municipio, a sus decisiones, a sus frivolidades, farandulización y a quién está cerca de quién. Mientras tanto, falta una idea de futuro y de identidad para la ciudad y falta, sobre todo, que la gente sienta que puede exigirle cuentas a quienes gobiernan. Me incluyo en una autocrítica. Soy militante de un partido de izquierda y formo parte de la oposición local. Desde ahí, veo una oposición que lo comenta todo en voz baja, pero casi nadie denuncia con la fuerza que se necesita. Parece haber pactos de silencios, acuerdos tácitos de no meterse en problemas, como si el costo de hablar fuera mayor que el costo de callar. Esos silencios culpables nos alejan de la gente, que no es ingenua y se da cuenta de esos entuertos o arreglines a lo amigo", argumenta el abogado


Por Salvador Concha Aguilera (abogado y militante del Frente Amplio)

       Este domingo se cumplen siete años del estallido social. Millones salieron a la calle en todo Chile, y también en Linares, para decir que así no podíamos seguir. Hoy, desde esta ciudad agrícola del centro sur, vale la pena preguntarse qué quedó de todo eso.

El historiador Gabriel Salazar, Premio Nacional de Historia, ha descrito este momento con una idea incómoda: “tenemos derechos, pero no tenemos poder”. El poder real lo administra una clase política que decide, negocia y se reparte los espacios, mientras la gente mira desde lejos. Votamos cada tanto, pero entre una elección y otra casi nadie nos pregunta nada.

Y eso nos debería doler más de lo que nos duele, porque nada de esto fue regalado. El voto de las mujeres en elecciones presidenciales y parlamentarias llegó recién en 1949, tras décadas de lucha. A comienzos de los años setenta, más precisamente en 1971 durante el gobierno del presidente Salvador Allende, pudieron votar por fin los analfabetos, que hasta entonces estaban excluidos. Con el golpe de 1973 se cerraron los registros y se suspendió el derecho a votar para todos. Hubo que esperar hasta el plebiscito del 5 de octubre de 1988 para recuperar la voz con un lápiz y un papel. Cada derecho que hoy damos por sentado costó años de organización, de miedo y de sacrificio.

Hoy tenemos ciudadanía universal, pero en muchos casos solo en el papel. Hay gente cansada, otra asqueada y otra simplemente perpleja. Los dos intentos de nueva Constitución fracasaron y nos devolvieron al punto de partida, con el mismo status quo y una sensación de que da lo mismo lo que hagamos. A eso se suma un gobierno que parece indolente ante lo que le pasa a la gente en su día a día, en lo que cuesta llegar a fin de mes, esperar una hora médica o cuidar a los hijos.

Linares vive esa distancia con particular fuerza. Somos una ciudad agrícola, con mucho trabajo temporal y poca esperanza de cambio. Los jóvenes se van o se quedan sin oportunidades, y las mujeres cargan con más trabajo y menos puertas abiertas. Todo parece girar en torno al municipio, a sus decisiones, a sus frivolidades, farandulización y a quién está cerca de quién. Mientras tanto, falta una idea de futuro y de identidad para la ciudad y falta, sobre todo, que la gente sienta que puede exigirle cuentas a quienes gobiernan.

Me incluyo en una autocrítica. Soy militante de un partido de izquierda y formo parte de la oposición local. Desde ahí, veo una oposición que lo comenta todo en voz baja, pero casi nadie denuncia con la fuerza que se necesita. Parece haber pactos de silencios, acuerdos tácitos de no meterse en problemas, como si el costo de hablar fuera mayor que el costo de callar. Esos silencios culpables nos alejan de la gente, que no es ingenua y se da cuenta de esos entuertos o arreglines a lo amigo.

Por eso escribo. Porque siento la responsabilidad de no callar. Creo que es posible otra política, una política ciudadana, hecha desde abajo, que le devuelva a los linarenses la sensación de que su voz es importante y cuenta. 

No basta con la unidad entre partidos. Hacen falta ganas, fuerza y organización de nuestra propia gente. Hace falta más empatía con lo que realmente vive cada día un linarense, para reconstruir una confianza que hoy está esquiva con nuestro sector.

Esa confianza no se decreta ni se recupera con discursos. Se construye generando empatía y escuchando, apareciendo en los barrios fuera de campaña y diciendo las cosas por su nombre aunque incomoden. Y se construye con nuevos liderazgos, de hombres y mujeres que trabajen en colectivo y no desde el personalismo, el ego y la mezquindad.

El 18 de octubre no fue solo una fecha de protesta. Fue un recordatorio de que el poder está donde la gente decide organizarse para tomarlo. Linares también puede hacerlo, si dejamos de esperar que alguien más hable por nosotros.

(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).