La columna de opinión de César Concha Gatica: A veces nos atribuimos logros que no nos pertenecen
"Con los años comprendí que no es necesario ser artista para defender la cultura. Basta entender que una sociedad necesita mucho más que infraestructura, calles o edificios. Necesita lugares donde sus habitantes puedan encontrarse, expresarse, desarrollar sus talentos y construir identidad. Por eso, al contemplar el Centro Cultural La Higuera, pensé que los aciertos de quienes hemos ejercido responsabilidades públicas nunca nos pertenecen por completo. Detrás de muchas decisiones existen personas que, silenciosamente y sin esperar reconocimiento, contribuyeron a formar nuestras convicciones. Profesores que sembraron ideas cuando todavía éramos niños o adolescentes, sin saber cuándo ni dónde terminarían germinando. Quizás Juan Omar Gajardo, Nancy Tapia o Abraham Sadi nunca imaginaron que aquellas clases, obras teatrales y proyectos culturales influirían, años después, en la decisión de una autoridad de apoyar la recuperación de un inmueble para las organizaciones artísticas de Linares. Y es precisamente ahí donde radica la grandeza de la educación", expresa el abogado linarense en relación al "Día del Profesor y Profesora " y la inauguración del Centro Cultural "La Higuera"
Por César Concha Gatica (abogado y ex SEREMI de Bienes Nacionales de la Región del Maule)
Quienes hemos ejercido responsabilidades públicas solemos recibir reconocimientos por las decisiones que tomamos y las iniciativas que logramos concretar. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar cuánto de aquello que consideramos nuestros logros tiene su origen en otras personas, que quizás nunca llegaron a saber cuánto influyeron en nosotros.
El pasado viernes 16 de octubre viví una experiencia que me llevó precisamente a esa reflexión.
Ese día, mientras en nuestro país conmemorábamos el Día del Profesor y la Profesora, participé en la inauguración del Centro Cultural La Higuera, un espacio recuperado por la Unión Comunal de Agrupaciones Artísticas de Linares.
Durante mi gestión como Seremi de Bienes Nacionales, tuvimos la oportunidad de entregar aquel inmueble en concesión de uso gratuito a las organizaciones culturales. Una antigua casa que permanecía en estado de abandono comenzaba así a tener una nueva oportunidad.
Al recorrer sus dependencias y observar cómo aquel lugar se había transformado en espacios para la danza, la música, el teatro, la literatura y otras expresiones artísticas, sentí una profunda satisfacción. Pero, mientras contemplaba lo que estas organizaciones habían conseguido gracias a su esfuerzo y perseverancia, surgió una pregunta que hasta ese momento nunca me había hecho: ¿de dónde había nacido en mí la convicción de que era importante apoyar este proyecto?
Y la respuesta no la encontré en mis años como autoridad, sino mucho antes, cuando todavía era estudiante.
Recordé a mis profesores de Lenguaje y Comunicación, Juan Omar Gajardo y Nancy Tapia, quienes, a través de sus clases, nos acercaban al teatro y a la literatura. Nos motivaban a interpretar personajes, preparar obras y descubrir, quizás sin que nosotros mismos lo comprendiéramos entonces, que el arte también era una manera de entender la vida y nuestra sociedad.
Recordé también al profesor Abraham Sadi, quien en aquellos años impulsaba la idea de una productora que permitiera apoyar las distintas expresiones culturales. Una iniciativa que reflejaba algo fundamental: la cultura necesitaba espacios, oportunidades y personas dispuestas a trabajar por ella.
Debo reconocer que Dios no me concedió grandes habilidades artísticas. Nunca destaqué especialmente en la música, el teatro o la danza. Sin embargo, aquellos profesores consiguieron algo probablemente mucho más importante: enseñarme a valorar aquello que otros eran capaces de crear.
Y esa enseñanza permaneció conmigo.
Con los años comprendí que no es necesario ser artista para defender la cultura. Basta entender que una sociedad necesita mucho más que infraestructura, calles o edificios. Necesita lugares donde sus habitantes puedan encontrarse, expresarse, desarrollar sus talentos y construir identidad.
Por eso, al contemplar el Centro Cultural La Higuera, pensé que los aciertos de quienes hemos ejercido responsabilidades públicas nunca nos pertenecen por completo.
Detrás de muchas decisiones existen personas que, silenciosamente y sin esperar reconocimiento, contribuyeron a formar nuestras convicciones. Profesores que sembraron ideas cuando todavía éramos niños o adolescentes, sin saber cuándo ni dónde terminarían germinando.
Quizás Juan Omar Gajardo, Nancy Tapia o Abraham Sadi nunca imaginaron que aquellas clases, obras teatrales y proyectos culturales influirían, años después, en la decisión de una autoridad de apoyar la recuperación de un inmueble para las organizaciones artísticas de Linares.
Y es precisamente ahí donde radica la grandeza de la educación.
Un profesor muchas veces no alcanza a conocer todos los frutos de su trabajo. Sus enseñanzas continúan viviendo en las decisiones de sus antiguos alumnos, en sus valores, en sus profesiones y en la manera en que contribuyen a la sociedad.
La recuperación de La Higuera pertenece, ante todo, a las organizaciones culturales que creyeron en ese sueño y trabajaron para hacerlo realidad. Pero también, de alguna manera, pertenece a quienes nos enseñaron a comprender por qué la cultura merece ser protegida y promovida.
Que su inauguración haya coincidido con el Día del Profesor y la Profesora me parece especialmente significativo. Fue una oportunidad para recordar que la educación no termina cuando abandonamos las salas de clases y que la influencia de un buen maestro puede acompañarnos durante toda nuestra vida.
Por eso, quisiera expresar mi gratitud a aquellos educadores que marcaron mi formación y, a través de ellos, a tantos profesores y profesoras que diariamente dejan una huella que trasciende generaciones.
Hoy Linares cuenta con un nuevo espacio para la cultura. Y yo me quedo con una reflexión que nació mientras recorría sus instalaciones: a veces creemos que estamos cosechando los frutos de nuestras propias decisiones, cuando en realidad estamos viendo germinar las semillas que otros sembraron en nosotros.
Gracias, profesores, por enseñarnos incluso aquello que solo llegaríamos a comprender muchos años después.
(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).