Carla Alegría Vásquez: indignados en pausa
"A esto se suma el complejo escenario que vive de manera constante el municipio de Linares, producto de decisiones irreverentes, poco dialogadas y con altos costos políticos. La sensación de improvisación y conflicto permanente va erosionando la confianza y profundizando el malestar local. Hoy, la inversión en una medialuna por un monto que muchas organizaciones consideran inalcanzable vuelve a abrir una pregunta incómoda: cuando proyectos comunitarios quedan fuera pese a postular reiteradamente, ¿qué se hace para acceder a ese nivel de respaldo político para un proyecto que considera gran rechazo comunitario?. Del mismo modo, Yerbas Buenas, Colbún, Longaví y Parral celebran grandes festivales financiados por el Gobierno Regional, bajo el argumento de la activación del comercio local. Más de mil millones de pesos destinados a 'cultura', mientras en otros espacios la palabra austeridad se convierte en consigna. No se trata de cuestionar la cultura ni la fiesta, sino de interpelar la selectividad del gasto y el uso político de la alegría como anestesia social. ¿Por qué esto sí y otras urgencias no?", plantea la cientista político
Por Carla Alegría Vásquez (cientista política)
Mucho está pasando esta semana. Y no es solo la cantidad de hechos, sino la forma en que se encadenan, se superponen y vuelven a tensionar un clima que parecía contenido, pero no resuelto.
Tenemos, por un lado, la discusión por la banda presidencial y los gestos simbólicos que la rodean, lo que no es menor. En política, los símbolos nunca son inocentes: son mensajes. A veces hacia la oposición, otras hacia la propia base, y muchas veces hacia un país que observa con cansancio cómo el poder juega con provocaciones mientras las urgencias reales siguen esperando respuesta. El acto político deliberadamente provocador no busca diálogo; busca marcar territorio.
En paralelo, se instala una escena que llama la atención: la alianza —explícita— entre la vocera saliente y la vocera que asumirá el 11 de marzo. Un vínculo que no solo habla de continuidad institucional, sino también de una experiencia compartida frente a una narrativa persistente en la política chilena: cuando las mujeres ocupan espacios de poder, el foco suele desplazarse hacia el cuerpo, la forma o la resistencia personal, dejando en segundo plano la preparación, la responsabilidad y el peso político del cargo. Más que un relevo, se trata de un gesto de respaldo frente a un escrutinio que no siempre es justo ni simétrico.
El problema es que mientras la política discute símbolos, el fuego avanza. Pejerrey sigue ardiendo, al igual que sectores de la zona parralina. Comunidades expuestas, territorios en emergencia y una respuesta estatal que vuelve a sentirse tardía e insuficiente. El contraste entre la discusión central y la urgencia territorial no podría ser más evidente.
A esto se suma el complejo escenario que vive de manera constante el municipio de Linares, producto de decisiones irreverentes, poco dialogadas y con altos costos políticos. La sensación de improvisación y conflicto permanente va erosionando la confianza y profundizando el malestar local. Hoy, la inversión en una medialuna por un monto que muchas organizaciones consideran inalcanzable vuelve a abrir una pregunta incómoda: cuando proyectos comunitarios quedan fuera pese a postular reiteradamente, ¿qué se hace para acceder a ese nivel de respaldo político para un proyecto que considera gran rechazo comunitario?
Del mismo modo, Yerbas Buenas, Colbún, Longaví y Parral celebran grandes festivales financiados por el Gobierno Regional, bajo el argumento de la activación del comercio local. Más de mil millones de pesos destinados a “cultura”, mientras en otros espacios la palabra austeridad se convierte en consigna. No se trata de cuestionar la cultura ni la fiesta, sino de interpelar la selectividad del gasto y el uso político de la alegría como anestesia social. ¿Por qué esto sí y otras urgencias no?
Es así como aparece el cansancio. Ese cansancio profundo de hablar de moral, de lo correcto y lo incorrecto, mientras las decisiones se toman lejos de los territorios y sin hacerse cargo del efecto acumulativo de la desigualdad, la frustración y la rabia contenida que ya conocimos con fuerza.
La pregunta inevitable es si este escenario se parece, peligrosamente, a una antesala. No necesariamente a una explosión inmediata, pero sí a un clima conocido: indignados en pausa. Ciudadanos que observan, que guardan silencio, que comentan en voz baja, pero que aún no se organizan. ¿Estarán apostando nuevamente por formas orgánicas de alzar la voz frente a lo que los pasillos de la institucionalidad tienden a silenciar?
Porque las pausas no siempre son calma. A veces son acumulación. Y cuando el poder provoca sin escuchar, cuando los símbolos pesan más que las soluciones, el riesgo no está en el ruido, sino en el silencio que antecede.
Chile ya sabe cómo se ve ese momento. La pregunta es si esta vez alguien está dispuesto a escuchar antes, o seguiremos entre egos. Veremos qué nos depara la consecuencia de la pausa. Si estallará pronto o estamos a la espera de que sigan apareciendo más antecedentes para que los indignados resuelvan activarse, eso no lo se, pero no son pocos los que ya han tomado palco con pronósticos no muy alentadores.
(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).