Hay cosas con las que no se bromea
"Por eso duele escuchar declaraciones como las emitidas por el militante del Partido Nacional Libertario, Ítalo Omega. Más allá de cualquier diferencia política, existen límites mínimos de convivencia democrática que no deberían cruzarse. No porque la ley lo prohíba, sino porque la dignidad humana debería ser un principio compartido. Y no, no basta con responder que 'era una broma'. Las bromas también construyen cultura. Enseñan qué es aceptable reírse y de quién es aceptable burlarse. Cuando el chiste convierte a personas con discapacidad, personas autistas o cualquier grupo históricamente discriminado en objeto de ridiculización, no estamos frente a humor inocente. Estamos reforzando prejuicios que muchas familias combaten todos los días. Quisiera expresar mi solidaridad con las madres, padres, hermanos y cuidadores de niños, niñas, adolescentes y adultos dentro del espectro autista. También con quienes conviven con otras condiciones de salud mental o del neurodesarrollo y deben enfrentar no solo los desafíos propios de esa realidad, sino además la ignorancia y la falta de sensibilidad de quienes ocupan espacios públicos. No es exageración indignarse. No es falta de sentido del humor. Es entender que las palabras tienen consecuencias", indica la cientista político, Carla Alegría Vásquez.
Por Carla Alegría Vásquez (cientista político)
Hace algunos días pensaba escribir sobre la vocería como un acto de vínculo entre un gobierno y la ciudadanía. Porque siempre he creído que la vocería no consiste únicamente en responder preguntas de la prensa sino que lo pienso como un ejercicio permanente de rendición de cuentas, de pedagogía democrática y de construcción de confianza. Y pese a que en Chile, durante décadas, entendimos que las palabras de quienes ejercen cargos públicos tenían un peso institucional. Hoy esa cultura parece haberse deteriorado. No basta con tener un ministro que ostente formalmente el rol de vocero careciendo de una comunicación clara y profunda.
Pero no puedo escribir de eso hoy.
No cuando nuevamente somos testigos de declaraciones que utilizan la discapacidad como material para provocar, burlarse o conseguir unos segundos de atención.
Durante años he hablado de la importancia del lenguaje. Lo he hecho respecto de la esquizofrenia, del síndrome de Down, de las personas dentro del espectro autista y de tantas otras condiciones que siguen siendo objeto de estigmas. No lo hago desde una superioridad moral, sino desde una experiencia profundamente humana. Quienes tenemos familiares que viven alguna de estas realidades sabemos cuánto cuesta aprender, adaptarse, acompañar y también enfrentar una sociedad que muchas veces hiere con palabras que otros consideran "inofensivas".
Paradójicamente, esa experiencia también nos hace más empáticos. Nos obliga a mirar al otro con mayor cuidado y a comprender que detrás de cada diagnóstico hay una persona, una familia y una historia.
Por eso duele escuchar declaraciones como las emitidas por el militante del Partido Nacional Libertario, Ítalo Omega. Más allá de cualquier diferencia política, existen límites mínimos de convivencia democrática que no deberían cruzarse. No porque la ley lo prohíba, sino porque la dignidad humana debería ser un principio compartido.
Y no, no basta con responder que "era una broma".
Las bromas también construyen cultura. Enseñan qué es aceptable reírse y de quién es aceptable burlarse. Cuando el chiste convierte a personas con discapacidad, personas autistas o cualquier grupo históricamente discriminado en objeto de ridiculización, no estamos frente a humor inocente.
Estamos reforzando prejuicios que muchas familias combaten todos los días.
Quisiera expresar mi solidaridad con las madres, padres, hermanos y cuidadores de niños, niñas, adolescentes y adultos dentro del espectro autista. También con quienes conviven con otras condiciones de salud mental o del neurodesarrollo y deben enfrentar no solo los desafíos propios de esa realidad, sino además la ignorancia y la falta de sensibilidad de quienes ocupan espacios públicos.
No es exageración indignarse. No es falta de sentido del humor. Es entender que las palabras tienen consecuencias.
Tampoco parece suficiente derivar estos hechos a un comité de ética. La ética no puede reducirse a un procedimiento administrativo cuando lo que está en juego es la forma en que concebimos el
respeto hacia otras personas. La responsabilidad política implica reconocer el daño causado, asumirconsecuencias y comprender que representar un proyecto político exige estándares mucho más altos que los de una conversación privada.
Una democracia sana necesita buenos voceros. Pero, sobre todo, necesita dirigentes que comprendan que el lenguaje no es un accesorio de la política: es una de sus principales herramientas. Con las palabras se gobierna, se educa, se une o se divide. Se dignifica o se humilla.
Hay diferencias ideológicas que siempre serán legítimas. Podemos debatir sobre economía, seguridad, impuestos, educación o el tamaño del Estado. Lo que no deberíamos discutir es si la dignidad de las personas merece respeto.
Hay temas que nunca deberían ser motivo de broma.
Y ese límite no lo define la corrección política. Lo define nuestra humanidad.
(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias)