Cuando el rival está al lado

Cuando el rival está al lado
Carla Alegría, cientista política.

"Más allá de si nos gustó o no el fútbol, y del enorme poder cultural que ejerce en el mundo, no podemos desconocer que una y otra vez nos deja una enseñanza: los grandes proyectos funcionan cuando las personas son capaces de creer en un objetivo común, incluso cuando todo parece indicar que fracasarán. Ojalá esa misma convicción algún día inspire nuestra manera de mirar a quienes viven al otro lado de la cordillera. Porque el verdadero desafío para Sudamérica no es descubrir quién derrota a quién. Es comprender que, en un mundo cada vez más competitivo, el futuro del continente dependerá mucho más de su capacidad para colaborar que de su disposición para desconfiar", comenta la cientista político, Carla Alegría Vásquez, en su columna dominical en el Diario Digital Séptima Página Noticias.


Por Carla Alegría Vásquez (cientista político)

                                                   Durante estas semanas he visto crecer un sentimiento que no es nuevo, pero que  reaparece con facilidad: la molestia hacia los argentinos. Las redes sociales, los  comentarios y las conversaciones cotidianas parecen alimentar la idea de que nuestros  vecinos son adversarios permanentes, como si la rivalidad fuera una condición natural de vivir en el extremo sur del continente. 

Sin embargo, mientras esa discusión ocupaba espacio, el Mundial dejó una lección mucho más importante. Más allá de mi descontento por cómo la FIFA se ha corrompido y por lo cada vez más elitista que se ha vuelto acceder a él, quiero concentrarme en el deporte en sí. 

Confieso que fui de quienes miraron con escepticismo el nuevo formato. Un torneo repartido en un territorio inmenso, con múltiples partidos al día y una logística que parecía desafiar cualquier pronóstico. Pero ocurrió lo contrario. El deporte demostró que vale la pena intentar y seguir intentando. 

También recordó algo que suele olvidarse: los grandes sueños nunca nacen en escenarios perfectos. Países con enormes dificultades lograron participar. Inevitablemente, la mente viaja al legado de Nelson Mandela, quien enseñó que el deporte podía ser un puente para unir sociedades profundamente divididas y demostrar que los sueños colectivos son capaces de imponerse sobre la historia de las diferencias. 

Quizás por eso me preocupa que, mientras el mundo avanza hacia nuevas formas de cooperación y competencia, en América del Sur sigamos atrapados en una lógica donde el vecino aparece primero como amenaza. 

Escuchamos con frecuencia que debemos invertir más en defensa porque hay que prepararse para un eventual conflicto con los países limítrofes. Que no hay que dormirse. Que en geopolítica “sobrevive el más fuerte” y “el mejor equipado”. Que “la desconfianza es una obligación estratégica”. 

No desconozco que los Estados tienen el deber de proteger su soberanía. Sería ingenuo pensar que la defensa no importa. Pero reducir nuestra relación con los vecinos únicamente a esa dimensión es renunciar a una posibilidad mucho más valiosa. 

América del Sur posee una de las mayores reservas de minerales estratégicos, agua dulce, biodiversidad, alimentos y fuentes de energía del planeta. Desde Chile hasta Argentina, desde Perú hasta Brasil, e incluso considerando las Guayanas, compartimos desafíos que ningún país resolverá completamente en solitario: el cambio climático, la transición energética, la infraestructura, la ciencia, la innovación y el desarrollo tecnológico. 

Es cierto que la integración del Cono Sur nunca ha alcanzado todo el potencial que prometía. Hemos tenido intentos fallidos, diferencias ideológicas y proyectos que quedaron a medio camino. Pero que algo no haya funcionado plenamente no significa que debamos abandonar el intento. 

La confianza también se construye. La cooperación también se aprende. Y la empatía entre pueblos no surge por decreto: nace de las acciones concretas, del intercambio cultural, de la colaboración científica, de los proyectos compartidos y del liderazgo político capaz de mirar más allá del próximo conflicto. 

No necesitamos que desaparezcan nuestras diferencias. Las seguiremos teniendo. Somos sociedades distintas, con historias, acentos e identidades propias. Pero una identidad común no exige uniformidad; exige reconocer que compartimos un destino geográfico y muchos intereses estratégicos. 

Más allá de si nos gustó o no el fútbol, y del enorme poder cultural que ejerce en el mundo, no podemos desconocer que una y otra vez nos deja una enseñanza: los grandes proyectos funcionan cuando las personas son capaces de creer en un objetivo común, incluso cuando todo parece indicar que fracasarán. 

Ojalá esa misma convicción algún día inspire nuestra manera de mirar a quienes viven al otro lado de la cordillera. Porque el verdadero desafío para Sudamérica no es descubrir quién derrota a quién. Es comprender que, en un mundo cada vez más competitivo, el futuro del continente dependerá mucho más de su capacidad para colaborar que de su 
disposición para desconfiar. 

Vale la pena seguir intentándolo. No porque sea fácil, sino porque el futuro de nuestra región dependerá mucho más de los puentes que seamos capaces de construir que de los muros que insistamos en levantar.

(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).