Los porfiados hechos
"La democracia no significa estar de acuerdo. Podemos tener convicciones profundas, militar en partidos distintos, defender proyectos completamente diferentes y discutir con fuerza. Pero una sociedad democrática exige comprender que quien piensa diferente no se transforma por eso en nuestro enemigo. La vida de Arturo atravesó grandes transformaciones. Conoció los sueños políticos de los años sesenta, sufrió personalmente la ruptura democrática, tuvo que reconstruir su vida y, décadas después, participó desde importantes responsabilidades públicas en la democracia recuperada. Y finalmente, como ocurre con todos, los cargos quedaron atrás. Porque se deja de ser intendente. Se deja de ser gobernador. Se deja de ser SEREMI. Se deja de ser notario. Algún día dejamos incluso de ejercer nuestras profesiones. Lo que permanece es algo bastante más sencillo: las instituciones que ayudamos a construir, la manera en que tratamos a los demás, las conversaciones que tuvimos y aquello que fuimos capaces de transmitir a quienes venían detrás. Por eso quizás no sea una coincidencia menor escribir estas palabras precisamente hoy, cuando celebramos el Día del Niño", es la reflexión del abogado linarense y ex SEREMI de Bienes Nacionales en el Maule, César Concha Gatica en recuerdo y memoria del ex intendente maulino, Arturo Castro Salgado
Por César Concha Gatica (abogado linarense y ex SEREMI de Bienes Nacionales de la Región del Maule)
Hoy es el Día del Niño. Una jornada que naturalmente nos invita a mirar hacia quienes comienzan su camino y a pensar en el país que estamos construyendo para ellos. Pero esta semana, mientras pensaba precisamente en aquello que una generación entrega a la siguiente, falleció un amigo que perteneció a una generación que vivió algunos de los momentos más intensos de nuestra historia reciente: Arturo Castro Salgado.
Conocí a Arturo en la masonería. Él era Venerable Maestro de la Logia en la que me inicié y, con el paso de los años, coincidimos también en otro espacio que para ambos fue importante: la Corporación Colegio Concepción Linares, institución fundada y conducida desde sus orígenes por integrantes de la masonería local.
Arturo había sido uno de sus fundadores y se mantenía como director de la Corporación. A mí, por mi parte, me correspondió durante un periodo desempeñarme como abogado del Colegio. Así, mientras continuábamos compartiendo en la masonería, también nos encontrábamos por asuntos relacionados con esta institución educacional.
Para entonces Arturo ya era un notario jubilado, un abogado de aquellos formados en otra época, con muchos años de profesión y una enorme historia detrás.
De vez en cuando pasaba por mi oficina. Se sentaba un rato y conversábamos. No fueron encuentros cotidianos ni pretendo presentarlos de esa manera, pero fueron suficientes para escuchar de su propia voz episodios de una vida atravesada por la política, el derecho y la historia de nuestro país.
Me habló del espíritu transformador que recorría Chile durante los años sesenta y que, siendo joven, lo llevó a militar en el Partido Comunista. Antes del Golpe de Estado se desempeñó como abogado del Congreso Nacional. El 11 de septiembre de 1973 fue detenido y llevado al Estadio Nacional.
Después de recuperar su libertad llegó a Linares.
Había que volver a empezar.
Aquí reconstruyó su vida y continuó ejerciendo como abogado. Con el paso de los años, y recuperada la democracia, volvió también al servicio público. Militó posteriormente en el Partido por la Democracia y asumió distintas responsabilidades: fue gobernador de Curicó, SEREMI de Justicia e intendente de la Región del Maule. Más tarde desarrollaría una extensa trayectoria como notario público.
Siempre me pareció particularmente significativa esa parte de su historia: un hombre que fue detenido cuando la democracia chilena se quebró terminó, años después, ejerciendo importantes responsabilidades públicas cuando Chile recuperó esa democracia.
Pero cuando Arturo pasaba por mi oficina, ya no era el intendente, ni el gobernador, ni el SEREMI.
Era simplemente Arturo.
Un abogado antiguo, un notario jubilado, un masón con muchos años de camino recorrido y un hombre que podía mirar hacia atrás y sacar conclusiones de aquello que había vivido.
Había una expresión que utilizaba y que quedó especialmente grabada en mí: “los porfiados hechos”.
La ocupaba para explicar algo bastante sencillo, pero difícil de practicar: podemos tener convicciones, proyectos y objetivos, pero la realidad muchas veces termina modificando aquello que habíamos imaginado. Y cuando eso ocurre debemos tener la suficiente humildad para reconocer los hechos, aprender de ellos y, cuando corresponda, cambiar el rumbo.
No se trataba de renunciar a las convicciones. Se trataba de comprender que ninguna persona tiene siempre todas las respuestas.
También solía recurrir a aquella conocida máxima que sostiene, en esencia: puedo no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé tu derecho a decirlo.
En alguien con su historia, aquella idea tenía un significado especial.
Arturo había conocido personalmente lo que ocurre cuando las diferencias políticas dejan de resolverse mediante la palabra y las instituciones. Por eso, defender el derecho de otro a pensar distinto no era simplemente una frase elegante. Era una convicción construida también desde la experiencia.
Quizás ahí exista una enseñanza particularmente necesaria para nuestro tiempo.
La democracia no significa estar de acuerdo. Podemos tener convicciones profundas, militar en partidos distintos, defender proyectos completamente diferentes y discutir con fuerza. Pero una sociedad democrática exige comprender que quien piensa diferente no se transforma por eso en nuestro enemigo.
La vida de Arturo atravesó grandes transformaciones. Conoció los sueños políticos de los años sesenta, sufrió personalmente la ruptura democrática, tuvo que reconstruir su vida y, décadas después, participó desde importantes responsabilidades públicas en la democracia recuperada.
Y finalmente, como ocurre con todos, los cargos quedaron atrás.
Porque se deja de ser intendente. Se deja de ser gobernador. Se deja de ser SEREMI. Se deja de ser notario. Algún día dejamos incluso de ejercer nuestras profesiones.
Lo que permanece es algo bastante más sencillo: las instituciones que ayudamos a construir, la manera en que tratamos a los demás, las conversaciones que tuvimos y aquello que fuimos capaces de transmitir a quienes venían detrás.
Por eso quizás no sea una coincidencia menor escribir estas palabras precisamente hoy, cuando celebramos el Día del Niño.
Mientras despedimos a alguien que recorrió buena parte de la historia reciente de nuestro país, miramos también a una generación que recién comienza a escribir la suya.
Nuestra responsabilidad es entregarles un Chile donde puedan pensar libremente, discrepar sin miedo, defender sus convicciones y también tener la humildad suficiente para modificarlas cuando la realidad demuestre que estábamos equivocados.
Un país donde nunca olvidemos que la democracia se construye también aprendiendo a convivir con quien piensa distinto.
Esta semana se fue Arturo.
Yo me quedo con aquellos encuentros, con algunas de sus historias y con una expresión que seguramente recordaré muchas veces cuando la realidad se empeñe en demostrar que nuestros planes no siempre resultan como esperábamos.
Porque, al final, siempre aparecen los porfiados hechos.