La columna de opinión de Carla Alegría Vásquez: salir a la calle es de gente incivilizada

La columna de opinión de Carla Alegría Vásquez: salir a la calle es de gente incivilizada
Carla Alegría Vásquez, cientista política linarense.

"Chile también volvió a caminar el jueves 1 de octubre. La movilización convocada por la Confech contra eventuales reducciones de recursos para educación se extendió por distintas regiones y sumó a estudiantes secundarios, profesores y otras organizaciones. En Talca, por ejemplo, alrededor de 500 estudiantes universitarios y secundarios recorrieron el centro de la ciudad. (Diario y Radio Universidad de Chile) Hay organización, hay demandas y comienza nuevamente a existir calle como espacio público para expresar pacíficamente a quienes detentan el poder que una parte de la ciudadanía considera que sus respuestas no están siendo suficientes. También hubo violencia. En Santiago se produjeron incidentes y detenciones, y frente a la Universidad Católica estudiantes que realizaban una contramanifestación fueron agredidos. (24 Horas) Eso también debe decirse, porque el derecho a manifestarme por aquello que creo incluye necesariamente el derecho del otro a manifestarse contra aquello que yo creo. Si solo defendemos la protesta cuando la consigna coincide con nosotros, entonces no estamos defendiendo un derecho: estamos defendiendo nuestra posición", indica la cientista político


Por Carla Alegría Vásquez (cientista político)

                      Hay algo profundamente incómodo en una manifestación, porque interrumpe el tránsito, altera la rutina, hace ruido y obliga a mirar. Probablemente por eso existe. Si manifestarse consistiera en reunirse donde nadie escucha, a una hora en que nadie observa y sin incomodar jamás al poder, difícilmente habría cambiado algo en la historia. Pero hay una frontera que debemos defender con claridad: manifestarse no es destruir. Marchar pacíficamente no es quemar un paradero, atacar a quien piensa distinto, destruir una universidad ni convertir el mobiliario público —que pagamos entre todos— en el enemigo de turno. Esa distinción parece evidente. Sin embargo, seguimos confundiéndola.

La protesta es mucho más antigua que nuestras democracias. No existe una fecha exacta en que la humanidad haya inventado la protesta colectiva, pero algo distinto comenzó a ocurrir entre fines del siglo XVIII y el XIX: comenzó a vincularse directamente con la idea moderna de ciudadanía. Y Francia ocupa un lugar fundamental en esa historia. La Revolución Francesa no solo llevó multitudes a las calles, también abrió una discusión acerca de quién podía hablar, reunirse y exigir al poder. En 1789 ya se reconocía en Francia la posibilidad de que los ciudadanos se reunieran pacíficamente y sin armas; las constituciones de 1791 y 1793 profundizaron ese reconocimiento. (Conseil Constitutionnel) La calle dejaba de ser exclusivamente un espacio de circulación y se transformaba también en un espacio político.

Durante el siglo XIX esa práctica adquirió una forma que reconocemos hasta hoy: concentraciones, marchas, peticiones y organizaciones que buscaban presionar por reformas. Peterloo es uno de sus episodios más brutales. En 1819, alrededor de 60.000 personas se reunieron pacíficamente en Manchester para exigir una reforma de la representación parlamentaria. La caballería cargó contra ellas, dejando muertos y centenares de heridos. (Archivos Nacionales) Décadas después, el movimiento cartista británico organizó a trabajadores para exigir ampliación del sufragio, voto secreto y eliminación de barreras económicas para ingresar al Parlamento. Varias demandas consideradas radicales terminaron formando parte de la democracia que hoy consideramos normal. (Parlamento del Reino Unido) La historia tiene esa incómoda costumbre: varios derechos que hoy defendemos desde la comodidad alguna vez fueron exigencias molestas. Finalmente, en 1948, la Declaración Universal de los Derechos Humanos estableció que toda persona tiene derecho a la libertad de reunión y asociación pacíficas. (Naciones Unidas) Y la palabra fundamental es pacíficas.

Más de dos siglos después, Francia vuelve a mirar a sus estudiantes en las calles. El movimiento actual comenzó el 21 de septiembre en un liceo de Créteil, en las afueras de París, denunciando puestos docentes vacantes, y rápidamente se extendió por el país. Los estudiantes reclaman por falta de profesores, cursos sobrepoblados, infraestructura deteriorada y condiciones educativas insuficientes. (Le Monde) Pero junto con la movilización apareció aquello que tantas veces termina secuestrando el sentido de una protesta: violencia, vandalismo y destrucción. Se han registrado establecimientos vandalizados, incendios, agresiones, enfrentamientos y detenciones. El Gobierno francés sostiene que grupos radicalizados han aprovechado las movilizaciones; dirigentes estudiantiles y sectores políticos cuestionan la respuesta policial y recuerdan que el origen del conflicto está en las condiciones educacionales. (Reuters) Podemos defender el derecho de los estudiantes franceses a manifestarse y, al mismo tiempo, condenar a quien destruye una escuela. No hay contradicción.

Chile también volvió a caminar el jueves 1 de octubre. La movilización convocada por la Confech contra eventuales reducciones de recursos para educación se extendió por distintas regiones y sumó a estudiantes secundarios, profesores y otras organizaciones. En Talca, por ejemplo, alrededor de 500 estudiantes universitarios y secundarios recorrieron el centro de la ciudad. (Diario y Radio Universidad de Chile) Hay organización, hay demandas y comienza nuevamente a existir calle como espacio público para expresar pacíficamente a quienes detentan el poder que una parte de la ciudadanía considera que sus respuestas no están siendo suficientes. También hubo violencia. En Santiago se produjeron incidentes y detenciones, y frente a la Universidad Católica estudiantes que realizaban una contramanifestación fueron agredidos. (24 Horas) Eso también debe decirse, porque el derecho a manifestarme por aquello que creo incluye necesariamente el derecho del otro a manifestarse contra aquello que yo creo. Si solo defendemos la protesta cuando la consigna coincide con nosotros, entonces no estamos defendiendo un derecho: estamos defendiendo nuestra posición.

Ahora, he escuchado una idea instalada en Chile que merece revisarse: que las grandes movilizaciones aparecen fundamentalmente cuando gobierna la derecha y disminuyen cuando gobierna la izquierda. Es importante autoevaluar esa afirmación, porque nuestra propia historia ofrece contraejemplos importantes. Michelle Bachelet llevaba apenas unos meses en su primer gobierno cuando, en 2006, comenzó la llamada Revolución Pingüina. Estudiantes secundarios protagonizaron una de las movilizaciones sociales más importantes desde el retorno a la democracia y pusieron en discusión la LOCE y la estructura del sistema educacional. (Memoria Chilena) Por eso resulta demasiado sencillo interpretar cada marcha exclusivamente mediante el eje izquierda-derecha. Las sociedades se movilizan cuando grupos organizados sienten que los canales institucionales no están respondiendo.

Existe un ejemplo mucho más reciente. En mayo de 2025, durante el gobierno de Gabriel Boric, matronas y matrones llegaron hasta La Moneda para rechazar el Decreto Exento 243 y cambios a la Norma Técnica 150. El gremio advertía consecuencias para las urgencias gineco-obstétricas, neonatología y la atención especializada de las mujeres. El Presidente salió de La Moneda, conversó con las manifestantes y se abrió una negociación. Posteriormente se corrigieron aspectos controvertidos de la normativa. (BioBioChile) ¿Habría ocurrido con la misma rapidez si nadie hubiese salido a la calle? No podemos saberlo. Lo que sí sabemos es que se manifestaron, el poder político reaccionó y hubo modificaciones.

Chile atraviesa un momento extraño que pareciera repetirse en otros países. Conviven un enorme acceso a información con desinformación; discursos modernos con nostalgias profundamente conservadoras; reivindicaciones de nuevos derechos con cuestionamientos a libertades que creíamos suficientemente asentadas. Hay algo de modernidad y oscurantismo coexistiendo al mismo tiempo. A mí también pueden molestarme determinadas marchas. Puedo no compartir sus consignas, considerar equivocadas sus demandas e indignarme cuando alguien destruye aquello que pertenece a todos. Pero ninguna de esas cosas debería llevarnos a olvidar para qué existe el derecho a manifestarse.

En Chile, la propia normativa reconoce el derecho de las personas a reunirse pacíficamente, sin permiso previo y sin armas. (Biblioteca del Congreso Nacional) La democracia no consiste solamente en depositar un voto cada cierto número de años. También consiste en organizarse, reclamar, fiscalizar, marchar y exigir explicaciones. Porque existe una distancia enorme entre las estadísticas que observa una autoridad desde una oficina y la vida cotidiana de una familia que calcula si alcanza para llegar a fin de mes; entre diseñar una política pública y esperar meses por una atención; entre discutir un presupuesto y estudiar en una sala donde falta un profesor. La calle rompe momentáneamente esa distancia.

No permitamos que quienes recurren a la violencia terminen desacreditando a miles de personas que marchan pacíficamente, ni cometamos el error de defender la protesta solamente cuando gobiernan los otros. Una democracia debería ser capaz de convivir con ciudadanos incómodos: estudiantes reclamando por educación, profesionales defendiendo la salud pública, trabajadores exigiendo mejores condiciones o personas marchando por ideas que incluso nos resulten incomprensibles. Mientras lo hagan pacíficamente, la calle también nos pertenece.

Entonces, no: salir a la calle no es de gente incivilizada. Es, precisamente, una de las expresiones que las sociedades civilizadas tardaron siglos en reconocer como un derecho. Un derecho que no apareció espontáneamente en una Constitución ni fue un regalo del poder: detrás hubo personas que marcharon, incomodaron, fueron perseguidas, reprimidas y, en algunos episodios de nuestra historia, incluso murieron reclamando libertades que hoy disfrutamos como derechos adquiridos y socialmente validados. Por eso debemos defender la manifestación pacífica incluso cuando no compartimos su causa. Las autoridades rara vez experimentan la realidad exactamente como quienes sobreviven día a día. Uno de los mecanismos para recordárselo es el voto; otro, la palabra. Y cuando ambos parecen insuficientes, queda esa herramienta democrática antigua, incómoda y profundamente civilizada: salir a la calle y manifestarnos.

(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).