Pavimentar sin planificar: el error que Chile repite
"Por experiencia propia, sabemos que pavimentar no es solo avanzar sobre tierra. Es intervenir comunidades, dinámicas sociales y equilibrios territoriales. Ahí está el punto crítico: si el desarrollo se mide en kilómetros asfaltados, pero no en calidad de vida sostenible, el costo lo terminan pagando quienes habitan esos territorios. De hecho, en sectores cordilleranos de Linares, como el camino al río Achibueno, la calidad de algunas obras no habría sido la misma sin la presión organizada de la comunidad. Manifestaciones, reuniones y gestión constante fueron necesarias para exigir estándares adecuados. Eso demuestra que el problema no es solo técnico, sino también de gestión y control. Por lo mismo, el desafío no es frenar el progreso, sino ordenarlo. Porque de lo contrario, el fin del pavimento puede ser también el inicio de nuevos conflictos, tanto en la zona austral como en cualquier territorio donde el desarrollo llegue sin planificación", plantea la cientista política
Por Carla Alegría Vásquez (cientista político)
Recorrer Chile es un privilegio increíble. Es difícil no enamorarse de la hermosura de esta pequeña patria al fin del mundo. Y es que Chile es una zona geopolítica estratégica, privilegiada por sus reservas de agua dulce, su condición de territorio de paso, sus climas exquisitamente diversos y su gente cariñosa y humilde.
En ese mismo contexto de riqueza territorial, hace unos días se anunció una mejora largamente postergada, que hoy parece avanzar hacia un punto de inflexión a través de inversión estatal. Me refiero al plan de mejoramiento de la Carretera Austral, una obra donde el clima impone condiciones extremas y anticipa grandes desafíos para concretar este objetivo.
Este tipo de anuncios no ocurre en el vacío. Si analizamos las mejoras estructurales del último siglo, resulta evidente cómo las ciudades han elevado sus estándares, ampliando el acceso y la calidad de vida para más personas. Sin embargo, ese avance no ha estado exento de tensiones: persisten desacuerdos sobre los costos que ciertas transformaciones imponen a las comunidades, especialmente cuando los beneficios parecen concentrarse en unos pocos.
Y es precisamente ahí donde viajar cobra un sentido distinto. Porque no se trata solo de trasladarse, sino de comprender. También es cierto que viajar sin conciencia ha traído consecuencias perjudiciales para el planeta. Por eso, conocer distintas realidades debe asumirse como un privilegio que exige responsabilidad. Viajar es escuchar, generar vínculos y abrirse a entender los territorios desde quienes los habitan. Ese ejercicio permite acceder a realidades que muchas veces no aparecen en los discursos oficiales.
Al recorrer el territorio austral, he constatado que existe un sentimiento mayoritario de valoración hacia la conectividad. No es menor: la no pavimentación implica dificultades cotidianas reales. La carretera no es solo un símbolo, es una necesidad. Y en una zona donde la Carretera Austral tiene además un peso histórico y cultural significativo, el avance en infraestructura es percibido por muchos como un acto de integración.
Sin embargo, ese no es el único relato.
Junto con la valoración, también emerge una preocupación creciente. Y no es menor. No se trata de rechazar el desarrollo, sino de advertir sobre sus efectos cuando este no se planifica adecuadamente. Hoy ya existen sistemas sanitarios y de manejo de residuos colapsados en algunas localidades. Se percibe una creciente tensión con los llamados “afuerinos”. Y la expansión inmobiliaria comienza a fragmentar ecosistemas, tensionar el acceso al agua y privatizar espacios que antes eran comunes.
De esta forma, el problema no es abrir caminos o mejorar la conectividad. El problema es hacerlo sin un marco claro: sin planificación territorial vinculante y sin considerar la capacidad de carga de los territorios.
Y esta discusión no es ajena a nuestra propia realidad. En el Maule Sur aún enfrentamos grandes dificultades para acceder a mejoras reales. Existen caminos recientemente pavimentados que, a pocas semanas de su entrega, ya presentan baches y terminaciones deficientes. El resultado es frustrante: recursos públicos mal utilizados y comunidades que deben convivir con obras de baja calidad. A esto se suman sectores sin alcantarillado debido a procesos mal ejecutados, y otros que simplemente siguen esperando conectividad porque los recursos nunca se concretan más allá de los anuncios de autoridades como el MOP o la Dirección de Vialidad.
Por experiencia propia, sabemos que pavimentar no es solo avanzar sobre tierra. Es intervenir comunidades, dinámicas sociales y equilibrios territoriales. Ahí está el punto crítico: si el desarrollo se mide en kilómetros asfaltados, pero no en calidad de vida sostenible, el costo lo terminan pagando quienes habitan esos territorios.
De hecho, en sectores cordilleranos de Linares, como el camino al río Achibueno, la calidad de algunas obras no habría sido la misma sin la presión organizada de la comunidad. Manifestaciones, reuniones y gestión constante fueron necesarias para exigir estándares adecuados. Eso demuestra que el problema no es solo técnico, sino también de gestión y control.
Por lo mismo, el desafío no es frenar el progreso, sino ordenarlo. Porque de lo contrario, el fin del pavimento puede ser también el inicio de nuevos conflictos, tanto en la zona austral como en cualquier territorio donde el desarrollo llegue sin planificación.
A esto se suma otra dimensión, muchas veces invisibilizada: la conducta humana. Hoy ya es compleja la convivencia en temporadas de alta circulación, con conducción temeraria y presión sobre rutas que no siempre están preparadas, especialmente en la Carretera Austral. Luego, pasada la temporada, todo vuelve a una aparente normalidad. Pero cabe preguntarse: ¿cuánto cambiará esta realidad con una mayor conectividad?
La respuesta no está solo en el pavimento, sino en cómo se gestiona. Porque en zonas cordilleranas, como el camino al río Ancoa, los accidentes no solo se concentran en verano, sino también en fines de semana y feriados, precisamente por el aumento en la conectividad.
Los avances deben ir de la mano con planificación. Una planificación real, que implique coordinación institucional, fiscalización efectiva y, sobre todo, una vinculación permanente con las comunidades. No como una acción esporádica, sino como un hábito.
(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).
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