Cunas vacías, veinte años después

Cunas vacías, veinte años después
Francisca Lama Metzner, periodista.

"Hace veinte años escribí un reportaje titulado Cunas Vacías. En ese entonces me interesaba comprender por qué nacían cada vez menos niños en Chile y qué consecuencias podría tener ese fenómeno para el futuro del país. Dos décadas después, la tasa de fecundidad en Chile ronda apenas los 1,1 hijos por mujer, una de las más bajas del mundo. Lo que entonces parecía una advertencia demográfica se ha convertido en una realidad visible. Sin embargo, después de veinte años, creo que la pregunta más importante ya no tiene relación con cuántos niños nacen, sino con algo mucho más profundo: nuestra disposición a cuidar. Desde mi trabajo actual con una fundación que cuida a adultos mayores he tenido el privilegio de conocer a hombres y mujeres que dedicaron buena parte de sus vidas a cuidar. Cuidaron hijos, hermanos, padres, vecinos y comunidades completas. Hoy son ellos quienes necesitan apoyo, compañía y presencia", expresa la periodista linarense, Francisca Lama Metzner


Por Francisca Lama Metzner (periodista)

                                               Hace veinte años escribí un reportaje titulado Cunas Vacías. En ese entonces me interesaba comprender por qué nacían cada vez menos niños en Chile y qué consecuencias podría tener ese fenómeno para el futuro del país.

Recuerdo largas entrevistas con sociólogos, médicos, psicólogos y especialistas en demografía. Muchos hablaban del envejecimiento de la población, de los cambios culturales y de una sociedad que comenzaba a mirar la maternidad y la paternidad de manera distinta. Por esos años, la tasa de fecundidad del país bordeaba los 1,9 hijos por mujer, levemente por debajo del nivel de reemplazo generacional necesario para mantener estable la población.

En 2006 aquello parecía una realidad lejana. Hoy ya no lo es.

Dos décadas después, la tasa de fecundidad en Chile ronda apenas los 1,1 hijos por mujer, una de las más bajas del mundo. Lo que entonces parecía una advertencia demográfica se ha convertido en una realidad visible. Sin embargo, después de veinte años, creo que la pregunta más importante ya no tiene relación con cuántos niños nacen, sino con algo mucho más profundo: nuestra disposición a cuidar.

Las cunas vacías de las que hablábamos hace veinte años y los hogares de adultos mayores que hoy requieren cada vez más apoyo forman parte de una misma historia demográfica. No son fenómenos separados. Son dos capítulos del mismo relato.

Desde mi trabajo actual con una fundación que cuida a adultos mayores he tenido el privilegio de conocer a hombres y mujeres que dedicaron buena parte de sus vidas a cuidar. Cuidaron hijos, hermanos, padres, vecinos y comunidades completas. Hoy son ellos quienes necesitan apoyo, compañía y presencia.

Y es ahí donde surge una reflexión incómoda.

Vivimos en una época que valora la independencia, la productividad y la autonomía. Admiramos a quienes no necesitan ayuda. Celebramos la autosuficiencia. Pero todos, sin excepción, atravesamos etapas de vulnerabilidad. La infancia es una de ellas; la vejez es otra.

Quizás el desafío de nuestro tiempo no sea solamente que nacen menos niños. Tal vez sea que cada vez estamos menos dispuestos a asumir el cuidado de otros en las etapas más vulnerables de la vida.

Porque cuidar exige tiempo, paciencia y presencia. Supone, muchas veces, renunciar a la propia comodidad para poner atención en las necesidades de alguien más.

Y, sin embargo, pocas veces reconocemos ese esfuerzo.

Lo vemos en las familias que reorganizan su vida para criar a sus hijos o acompañar a un familiar dependiente. Lo vemos especialmente en muchas mujeres, que parecen estar siempre bajo evaluación: si priorizan su desarrollo profesional, se cuestiona el tiempo que dedican a sus hijos; si priorizan la crianza o el cuidado de otros, se habla de oportunidades perdidas. Como si cualquier decisión implicara inevitablemente una deuda con alguien.

Paradójicamente, todos necesitaremos cuidados alguna vez, pero pocas cosas parecen tener menos reconocimiento social que dedicarse a cuidar.

No escribo estas líneas desde la nostalgia ni desde el juicio. Las familias han cambiado. Los proyectos de vida también. La sociedad de hoy es distinta a la de hace veinte años. Pero sí me pregunto qué lugar le estamos dando al cuidado en nuestra vida cotidiana y en nuestras prioridades como sociedad.

Porque cuidar no debería ser visto como una renuncia. Debería ser entendido como una de las tareas más valiosas que sostienen la vida en comunidad.

Veinte años después de Cunas Vacías, sigo mirando las estadísticas con interés. Pero hoy me conmueven mucho más las personas que hay detrás de ellas.

Quizás el futuro de Chile no dependa solamente de cuántos seamos.

Quizás dependa también de cuánto estemos dispuestos a cuidarnos unos a otros cuando la vida, inevitablemente, nos vuelve más frágiles.

(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).